No entiendo a esos que no apuestan por el AMOR. Así, con todas las letras y en mayúscula. No entiendo a aquellos que huyen de sentimientos construyendo muros de hielo a su alrededor. No soy capaz de entenderlo. No.
No sé si alguna vez he estado enamorada, lo que sí se es que estoy enamorada de la idea del amor. Ese en el que dos seres imperfectos se miran por primera vez y se ven. Se ven con sus manías, con sus gustos extraños y también con sus defectos. Ese amor entre besos que te erizan la piel, que te quitan el aliento y consiguen despertar con un suave cosquilleo las mariposas que dormían en tu estómago hasta ese momento. Esos primeros sentimientos en las noches eternas frente a la pantalla de móvil, con un ojo a medio cerrar y el otro esforzándose por leer hasta la última palabra de esa conversación que intentais alargar hasta que uno de los dos finalmente se rinde ante morfeo. Esas ganas de verle y esos nervios de la primera cita; que si no sé que ponerme, que no sé que decir. Esos “y si...” que tanto miedo generan pero que al final, te hacen reír. Esas discusiones donde entre gritos y llantos piensas que te quieres morir, pero luego cuando llega la reconciliación le miras como si no pudiese haber nada mejor. Todos esos momentos que forman parte de vuestra historia y que en algún momento olvidarás cuando o donde sucedió, pero nunca olvidarás el como te hizo sentir.
Y es que al final, sentir nos hace humanos, sentir nos hace estar vivos. Por eso no puedo entender a aquellos intentan ralentizar sus latidos para no caer en las garras de cupido.
Mientras, seguirá existiendo gente como yo, con mil y una cicatrices, con cien historias infelices, diez sueños con finales tristes pero aún con un poco de esperanza. Quien sabe si esta vez es a mi a la que tocará ser esa a la que alguien elige querer, sin miedo, sin frenos.