Como cada noche desde hace ya dos años, cierro los ojos y contemplo el cielo. Que pequeña me siento. Me pregunto por qué todo ha cambiado y entonces lo recuerdo, yo he cambiado. Intento caminar por las mismas calles buscando otra salida, pero siempre me llevan al mismo lugar. A las calles de una ciudad abarrotada de corazones en ruinas, de viejas almas atrapadas en campos de minas. De personas enjauladas en sus propias mentiras. Nuestra bandera es la cobardía, pero ya no ondea, la tenemos escondida. Nos da vergüenza que el mundo vea que tenemos miedo, porque ya no queda artillería con la que luchar, somos débiles pero no lo queremos demostrar. Levantamos una fachada, un muro que nos separa del exterior, pero que cuando llega la tormenta, no aguanta ni el primer chaparrón.
Cada día que pasa estoy más cansada, ya no me quedan fuerzas, ya no me quedan ganas. En baules guardo los recuerdos de sonrisas olvidadas, de esperanzas truncadas, de páginas recortadas de libros sin cerrar.
Cada noche estrellada, cierro los ojos, abrazo a mi almohada y pienso que fue lo que cambió. ¿Creo en la suerte? ¿En el destino? ¿En el karma? ¿Creo en Dios? ¿Quién tiene la culpa de tanto dolor? ¿Por qué yo? No hay respuestas, no hay solución. Sin embargo mi cabeza da mil vueltas porque, en el fondo, mi yo guerrera nunca se rindió. Ella cree que todo tiene una explicación, ella cree que aún queda salvación. Ella cree que aunque hoy todo sea oscuro, mañana saldrá el sol.
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