Soy de andares lentos pero el corazón me palpita demasiado rápido. Le pido que frene, que bombee más despacio y, entre risas y lágrimas, me responde que no sabe como aminorar el paso. Cada vez acelera más, se ciega y ya no hay marcha atrás. Los golpes son inevitables. Las heridas se convierten en cicatrices al instante. “¡Frena!” - le grito una y otra vez. Pero ya no es a mi a quien escucha. Se precipita al vacío, sin sentido(s), con tan solo el deseo de alcanzar cuanto antes su destino. Pero nunca llega. Y en mitad de la carrera un muro le espera. Se golpea y me mira aturdido. “¿Que ha pasado?”- me pregunta. - “¿Ya se ha terminado?”. Y yo, curando sus numerosas heridas, le respondo: “No, corazón, aún no había comenzado”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario