Llega un momento de tu vida que entiendes que arriesgarse a sufrir no es más que, simplemente, vivir.
Tenemos tanto miedo a que nuestro corazón se llene de heridas que olvidamos que, pese a tener mil y una cicatrices, no dejará de latir. Olvidamos que el corazón nos pide riesgos. Momentos de esos que lo aceleran tanto que semeja salir del pecho. Momentos que, entre sístole y diástole, se produce un pequeño silencio, un parón. Momentos en los que latir, no es su única función.
Nunca me he considerado muy valiente, pero si por algo merece la pena serlo, es por ti... es por mi. Porque cuando mi corazón suspire su último aliento, sabré que cerraré los ojos sabiendo lo que es realmente vivir.
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