Año tras año se repiten las mismas sensaciones de subidas a golpes y caídas. No existe camino fácil para subir la montaña, las rocas se desprenden bajo tus pies, el viento frío congela cada músculo de tu cuerpo malherido, y al llegar a la cima te falta el oxígeno. Tus pulmones arden de deseo, tus ojos se ciegan ante la belleza del cielo, tu voz se mezcla con el sonido del viento. Durante un instante olvidas las heridas, olvidas el frío, olvidas cada mal momento que has vivido... Pero entonces se desata la tempestad. El cielo se oscurece, las primeras gotas empiezan a caer hasta que se desata la tormenta que te hace resbalar. Tu cuerpo pierde las fuerzas y recuerda cada doloroso momento que has sufrido. La caída es inevitable, el cielo cada vez está mas lejos y el suelo está lleno de espinas. Despiertas horas después llena de heridas que tardarán en cicatrizar pero te da igual. Vuelves a ponerte en pie, coges fuerzas y comienzas a escalar entre las ruinas. Nada ni nadie te va parar porque hay golpes que merece la pena aguantar. Porque si quieres algo o a alguien debes luchar. Porque ser guerrera en esta vida no es una elección es una forma de vida. Porque tarde o temprano acabas encontrando la forma de permanecer en la cima, construir tu castillo con las piedras que se interpusieron en el camino, haciendo un muro que sirva de escudo para cualquier tempestad, protegiendo tu felicidad y disfrutando del privilegio de amar.
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