Besos con la mirada, de esos que
llegan hasta tus huesos, alterando tus sentidos, haciendo que cada gota de tus
venas se detenga porque el corazón ya no bombea. Un corazón que era
inalterable, un corazón que tras el último golpe creó semejante escudo que ni
la bala más fuerte conseguía atravesar. Un oscuro deseo nació en sus entrañas,
sentir sus labios, acariciar cada centímetro de su cuerpo, saborear cada
milímetro al compás de la música que bombardeaba sus oídos. Un minuto, tan solo
un minuto había pasado desde que sus palabras habían invadido su mente. Nunca
antes le había mirado con esos ojos, con unos ojos que ahora no podían cerrarse
ante al asombro. Él la miraba esperando respuesta pero sus labios estaban
sellados. Apenas se movía, apenas respiraba. En su mente se libraba una batalla
entre el deber y el placer. Ella quería pero no podía. No podía sucumbir a la
tentación, no podía entrar en el laberinto del amor. Ya no. Dio un paso atrás y
chocó con la pared, entonces él se levantó y se acercó a ella. Sus ojos se
encontraron y ya no fue capaz de controlarlo, la respiración se le aceleró, sus
mejillas se encendieron del mismo color que la pasión, la sangre golpeaba con
fuerza cada célula de su cuerpo ahora incontrolable. Su corazón acelerado
bailaba en su pecho junto con la diosa interior que emergía destruyendo todo
temor. Entonces todo se magnificó, sus labios se enlazaron y el juego empezó.
Un beso, un mordisco, un empujón, gemidos entrecortados salían de su voz, no
había nada más a su alrededor, solo ellos dos.
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