Siempre nos queda un remordimiento, el de no habernos despedido de esas personas que se han ido y no volverán. Siempre pensamos en lo que nos hubiese gustado decir te quiero, no te olvidaré jamás. Pero quizás no la hagamos porque una despedida es algo definitivo. Porque en el fondo sabemos que nunca se irán porque siempre estarán ahí, contigo. Y quizás tenga que ver con la manía que tienen en las películas de que después de un te quiero, viene lo único de lo que no se puede escapar, el final. ¿Nunca os habéis fijado? Dicen te quiero y en la escena siguiente desaparecen para siempre. Y ese es nuestro miedo, decidir abrir el corazón y que entre palpitar y palpitar, entre los suspiros de tu voz, entre el agitar de tus pestañas, la persona a la que de verdad amas se evapore. Ahí, frente a ti. Cierra los ojos y no los vuelve a abrir. Y sueñas con su voz, con su mirada. Y sueñas con verle una vez mas, con abrazarle y no soltarle jamás. Sueñas con decirle que sientes, lo importante que es para ti. Porque eso es lo que decimos en las despedidas, todo lo que a lo largo de nuestras vidas no nos atrevimos a decir. Todo lo que siempre ha estado ahí, oculto entre palabras, oculto en tu corazón, y es ahí donde se quedan guardados tan solo por temor. Porque tememos que una vez que abramos nuestro corazón, pase algo que te vacíe y te muestre lo que es el verdadero dolor. ¿Te vas a dejar llevar por el miedo? Yo no, yo pienso decir te quiero, pienso gritarlo a los cuatro vientos y si este tiene que ser mi último momento será mi voz la que perdure en el tiempo.
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