Todos alguna vez hemos odiado los domingos, por que están entre lo que quisimos ayer pero no pasó, y entre lo que hay que hacer mañana pero no queremos. Está entre dos grandes murallas de esperanza y decepción, de recuerdos malditos y cabezas doloridas por una resaca que no necesariamente es del alcohol. Porque al despertar, el sueño se acabó y volvemos a una realidad donde ni ayer, ni hoy, ni mañana parece ser mejor. Porque este continuo sube-y-baja de emociones te deja sin control, en un momento vuelas por las nubes y al otro aterrizas de golpe, dejando en carne viva a tu corazón. Pero que quieres que te diga, a mi los domingos me traen compasión, porque pasan desaparecividos y quizás ellos tengan algo que los otros días no. Porque no miramos con los ojos abiertos, solo vemos la cáscara superior, y es ahí cuando se pierde todo lo bueno que no llama la atención.
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