Estaba rota, y ella sabía que esas heridas serían muy difíciles de sanar.
Vivía en un mundo que constantemente le recordaba que no encajaba, que no era suficiente (para los demás).
Mientras soportaba afilados cortes que se hundían en lo más profundo de su ser, ella seguía recogiendo sus propios pedazos y recolocándolos con vendajes que pronto se volverían a desgarrar. Es por eso que su apariencia era frágil.
Los demás la veían como un trapo roto lleno de remiedos que al más mínimo arañazo se resquebrajaba quedando aún más destrozado de lo que ya estaba, si eso era posible. Pero ella se había hecho resistente, se cosía sus heridas y aunque volviesen a abrirlas una y otra vez, conseguía detener la hemorrajia lo suficiente para seguir en pié.
Donde los demás veían debilidad por romperse constantemente, ella, en realidad, era la viva imagen de la fortaleza porque, pese a todo, no conseguían acabar con ella.
Pero su dolor era muy real, cada una de esas heridas representaba el sufrimiento que acumulaba tras años y años de guerras que ella nunca había iniciado pero siempre parecían encontrarla. Se había acostumbrado a vivir en eterna batalla, hasta tal punto que ahora incluso cuando el exterior parecía estar en calma, la lucha la acompañaba siempre en su interior. Quizás por esto, ella misma se acabó identificando como su peor enemiga y probablemente, durante mucho tiempo, fue así. Pero ahora las cosas habían cambiado, ella había cambiado. Ya no sentía que el problema era ella, sabía que era más que suficiente, más que válida y que no merecía nada de lo que la había conseguido lastimar.
Aún así no había conseguido la calma, ahora veía el peligro en las personas más cercanas. Aquellas que en nombre de protegerla conseguían reabrir heridas que ella, con mucho esfuerzo, había conseguido proteger para comezar a cicatrizar y dejar aquel terrible dolor atrás.
Y ahora volvía a escocer de nuevo cada milímetro de su cuerpo, volvía a ver como sus cimientos perdían estabilidad y comezaban a agrietarse dejándola, de nuevo, malherida, decaída y sola ante todo lo que la hacía vulnerable.
Sin embargo, una vez más, esta alma rota volvió a levantarse y a reconstruírse, porque había comprendido que tan solo ella sería capaz de conseguir cambiar esas finas vendas que ahora la protegían por una gruesa armadura de diamante que nunca nadie volvería conseguir atravesar.
Por primera vez si eligía luchar, por ella misma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario